Del cielo al infierno

No está previsto hablar mal de hoteles o aerolíneas en mi blog, por eso omitiré esos datos, pero necesito compartir con ustedes la horrible sensación de caer directamente del cielo al infierno.

Era septiembre de 2011 y fui invitada a pasar unos días en Aruba. De ida el vuelo fue perfecto, un retraso dentro de los márgenes de normalidad, que quedaba soslayado por la emoción de emprender una nueva aventura. La istitución que me invitó fue extremadamente atenta, cuidó todos los detalles y honestamente no tengo nada que decir al respecto.

Los días en la Isla Feliz transcurrieron entre playas, recorridos extremos, restaurantes típicos, conciertos animados, navegación en catamaranes y, lo mejor: una estadía cinco estrellas, la más lujosa de mi vida, en unas villas que parecían The Hamptons en las que, entre piscina privada, 5 habitaciones, 4 baños, 1 cocina preciosa, 1 living acogedor y una terraza increíble fui muy feliz. Tan feliz que me animé a tomar una clínica de golf dictada por un gringo precioso, rubio, alto, simpático y muy profesional que prometió visitar Venezuela.

Yo estaba en un sueño, era algo así como el efecto provocado por la ingesta de un coctel de Tafil con Lexotanil, pero nada es eterno y el día del regreso comenzó la pesadilla. En el aeropuerto hubo cola para hacer el chequeo y cola para hacer migración. La puerta que asignaron inicialmente para embarcar cambió varias veces, pero en determinado momento el vuelo no apareció más en las pizarras.

Luego de casi 8 horas de espera, una persona se aproxima a nosotros, nos entrega tickets para cenar y nos dice: “el vuelo para Caracas ha sido suspendido”. Para ese momento nada podía ser peor o eso pensaba. La aerolínea correría con los costos de hospedaje y alimentación durante un día más. Nos montaron en unos autobuses con destino a algún hotel, pero no era cualquier hotel, era El Infierno: sábanas olorosas a humedad, baño pequeño, alfombra verde “me muero”, un televisor chiquitico, un aire acondicionado que producía más ruido que aire… ¿Qué podia ser peor entonces? Claro, el desayuno… Nada que ver con aquella comida perfectamente presentada típica de los hoteles lujosos, no, estos eran platos con montañas de comida chatarra para ser comida en un comedor minado de bebés llorando, de niños corriendo, de gente fea derramando jugos y café como si nada. Sin ánimos de exagerar fue horrible.

Finalmente, nos avisan que seremos trasladados nuevamente al aeropuerto y fue después de otra larga espera cuando subimos a un avión con destino a la felicidad.

Este post también podría llamarse: De cómo una aerolínea puede desgraciar el viaje perfecto.

 

 

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